Desescolarizados en la escuela

Texto por: David Grinberg Preciado

¡No sabría escribir sobre una desescolarización completa o parcial! Soy maestro en la universidad; mi madre y mi abuelo fueron profesores también, y la opción de no escolarizar a mis hijos, en realidad nunca me la he planteado. ¿Te preguntarás entonces, cuál es la razón de mi colaboración con la revista que tienes en tus manos? La respuesta es que me gustaría hablar de lo que sucede cuando la escuela formal deja de serlo tanto, y se abre al mundo del arte.

A mí me ha tocado ser la envidia de mis compañeros profesores en más de una ocasión. Se sorprenden de la entrega de mis alumnos con mi “materia”, de la pasión que despierta en aquéllos que parecían apagados al fondo del salón, de la transmutación y la seguridad que adquieren al subir al escenario.

Soy el maestro de teatro, por si no habías adivinado, pero podría ser también el coreógrafo, el guía del taller de escritura, el profesor de pintura…

Una y otra vez en la última hora del viernes, para llenar supuestamente el último renglón de la boleta de calificaciones, sucede que los estudiantes encuentran lo más relevante en su vida de la mano de los profesores de todas las disciplinas artísticas. En mi campo comienzas un camino de autoconocimiento, de descubrirte descubriendo al otro, y comienzas a desarrollar un potencial escondido detrás del velo de los personajes que representas. Es decir, a diferencia de las asignaturas tradicionales, en las que desarrollas habilidades específicas de acuerdo a tu tema, tu edad, el nivel y el grado, en el teatro encuentras una puerta, ni más ni menos, que a tus propias e infinitas posibilidades de ser.

Por si fuera poco, y para que la obra salga bien, tendrás que aprender a trabajar en equipo de forma bastante compleja, con pocas o muchas personas, haciendo cosas distintas de forma simultánea, coordinada y sincronizada. ¡Ah!, y lo mejor es que se aprende haciendo, practicando una y otra vez, sólo deteniéndose para planear, y así poder regresar a practicar más.

Miro mis años de estudiante en un mismo edificio durante 15 años y puedo prescindir de todos los espacios menos de uno, el auditorio, en el que nos escabullíamos en los recreos, mientras los demás jugaban fútbol; ahí en donde debajo de tres focos pelones que servían de luz de trabajo, descubríamos que el mundo entero se encontraba sobre las tablas de cualquier escenario.

No sé si la desescolarización sea la solución al tremendo reto que tiene frente a sí la educación de nuestro siglo, pero sí me parece que reconocer la importancia y las posibilidades del arte dentro de los planteles, podría hacer una escuela más vertical, en la que se aprenda haciendo, se trabaje en equipo y en la que la creatividad -y no la repetición-, sea colocada en el centro de la formación.

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