Las fases de Carlos

Cuento exclusivo de Rafael Cota

Los días de Carlos eran diferentes a los de los demás niños; pero sólo durante las mañanas. Mientras sus amigos se preparaban para ir a la escuela, Carlos apenas estaba mirando el techo de su habitación. Él no tenía que levantarse taaaaan temprano como ellos, ese tiempo era para él su tiempo, lo utilizaba para pensar, y eso lo podía hacer aún y cuando estuviera recostado.

El techo de su habitación era una pantalla LED de última generación, en él podía desplegar lo que se le antojara, se la habían instalado sus padres cuando había tenido lo que él llamaba su fase astronómica, cuando no quería hacer otra cosa que mirar al cielo; pero en la ciudad de México, mirar al cielo y poder ver las estrellas era algo casi imposible por la luz y la contaminación de la ciudad, así es que a sus padres les había parecido que si ponían una pantalla en el techo, Carlos podría poner ahí todas las imágenes astronómicas que se le antojaran. Y así había sido.

Se había pasado noches y días viajando por el espacio del universo y aprendiendo, por ejemplo, curioseando por los anillos de Saturno, había aprendido que si la Tierra los tuviera, podríamos casi caminar sobre ellos y llegar a la Luna; y también había tenido que aprender a calcular distancias en medidas raras como años luz, ¡claro, tomando en cuenta que la luz de verdad tuviera una velocidad constante!

Sus habilidades matemáticas habían crecido mucho gracias a su afición por la astronomía, pero también había podido aprender mucho sobre la fuerza de gravedad, y sobre la composición de los gases en la atmósfera de los planetas y de cómo podrían afectar a los organismos vivos; es cierto que al principio todas esas cosas no tenían ningún sentido para Carlos, y sus padres se sentían preocupados porque no aprendía lo mismo que los chicos del vecindario; pero poco a poco su aprendizaje iba tomando forma, y Carlos le iba tomando sabor.

Cuando menos lo pensó, en su pantalla ya no se veían imágenes de planetas y nebulosas distantes, tampoco ecuaciones y fórmulas matemáticas; habían sido reemplazadas por paisajes de la Tierra, de zonas remotas, tanto en el espacio como en el tiempo, y poco a poco habían ido desfilando romanos, fenicios, mayas, chinos e incas por su techo; no sólo durante la noche, sino también durante el día. Carlos tomaba un tema específico, un problema o una pregunta que para él resultara interesante y se lanzaba dedicado a buscar las respuestas, o más preguntas; por ejemplo, un día le había asaltado la duda sobre cómo podría tomar chocolate fresco todos los días en casa.

Y había puesto manos a la obra, primero lo primero, se dijo; ¿de dónde viene el chocolate? Y conoció el cacao, supo

que los antiguos mexicanos lo llamaban el alimento de los dioses – con razón le gustaba tanto – y que es un árbol, para cultivarlo se requiere cierta humedad, altura y temperatura; también supo qué necesitaba la tierra donde se sembraba; y descubrió los invernaderos; y lo hizo su proyecto personal, su nueva fase, la fase de chocolate. Ahora Carlos, sólo tiene que subir a la azotea de su edificio donde construyó su propio invernadero, para cosechar su cacao, y así beber su propio chocolate fresco.

Pero nada de eso sucedía como magia, Carlos tenía que aprender todo eso, y lo hacía preguntando, primero a sus padres, luego buscaba libros o videos o cualquier cosa que le explicara cómo es que funcionan la cosas; al principio, el Señor Google no era muy útil, le ponía un montón de cosas que no servían, pero Carlos aprendió a preguntarle bien, a seleccionar lo que sí servía y desechar lo que no; conoció personas que le querían ayudar y también – lo más maravilloso- chicos como él que querían aprender; y también aprendió a ayudar a otros, a explicarles lo que él había encontrado, y les mostraba sus avances, sus experimentos. Justo el otro día había venido a casa Daniela, una chica de Querétaro que era un poco mayor que él, para conocer su invernadero, y habían pasado un día fantástico haciéndose preguntas y buscando sus respuestas. Por la tarde habían ido al centro comercial y al cine con sus padres. Y, claro, Daniela se había llevado una buena ración de chocolate a casa.

Pero esa mañana Carlos estaba nomás mirando la pantalla en blanco, no había absolutamente nada en ella, y ya tenía como una hora mirándola así. Se preguntaba cómo era posible que algo pudiera estar en blanco, y cayó en cuenta que su mente nunca había estado así como la pantalla, en blanco.

Carlos ya no estaba sólo mirando la pantalla, estaba intentando poner su mente en blanco, pero no podía, lo asaltaban miles de dudas y pensamientos, y no podía sacarlos de su mente. Y se preguntó por qué, ¿por qué no podía vaciar su mente? ¿por qué no podía desaprender? Y pegó un salto en el mismo instante en que su madre entraba a su habitación.

– Ya tengo tema – le dijo mientras se instalaba en su pequeño escritorio.
– ¿Ah sí? – su madre traía una taza de chocolate con una pieza de pan.

– Sí, prepárate, hoy empiezo mi fase de aprender a desaprender.